Lo especial del mijo no es el glamur, sino la resistencia. Prospera donde otros granos fracasan: en tierras secas e infértiles, en estaciones cortas, bajo un sol implacable.
El mijo perla es uno de los dos grandes cultivos de secano —junto con el sorgo— en las regiones semiáridas y poco fértiles de África y el Sudeste Asiático. Los mijos no solo se adaptan a suelos pobres y secos, sino que allí son más fiables que la mayoría de los demás granos. Eso sí, recompensan las mejores condiciones: con riego y enmiendas del suelo, los rendimientos pueden ser de dos a cuatro veces mayores.
La rapidez es otra ventaja: algunas variedades de panizo dan grano solo 60 días después de la siembra, y el panizo usa el agua con más eficiencia por unidad de grano que cualquier otro cereal probado. El precio es el rendimiento: el mijo ofrece el rendimiento medio más bajo de todos los cereales, una de las razones por las que el maíz, más productivo, gana terreno en las zonas tradicionales de mijo. Pero el mijo tiene una ventaja decisiva: incluso con muy mal tiempo, la cosecha casi nunca se pierde por completo.
La mejora genética puede cambiar el panorama. La variedad ‘Okashana 1’, desarrollada en la India a partir de una variedad silvestre de Burkina Faso, duplicó los rendimientos; lanzada en Namibia en 1990, se convirtió en la más popular del país y se extendió a Chad, Mauritania y Benín.
El cultivo no está libre de problemas. Puede sufrir plagas de insectos como los taladros del tallo, el mosquito del mijo, pulgones, trips, escarabajos y saltamontes, y enfermedades fúngicas graves como el añublo, el mildiu, el cornezuelo, el moho del grano y la roya. Las enfermedades bacterianas y víricas suelen ser menos dañinas.